La Fiesta de los Mozos

Por: Pablo Rus
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La Fiesta de los Mozos

Hay en Rus dos tradiciones que resaltan por encima de todas. Tanto San Blas como la Fiesta de Mozos llevan el sello de identidad del auténtico espíritu ruseño.

Desde aquellas cuadrillas de arrieros que levantaron un floreciente comercio de aceite en los siglos XVII y XVIII, pasando por los carboneros del siglo XIX y primera mitad del XX, hasta los actuales olivicultores e industriales del sector textil, ninguno ha faltado a la cita de su santo protector. San Blas sigue marcando un alto laboral y festivo desde hace siglos.

Esta identificación entre santo y pueblo data de tiempos inmemoriales y al menos es anterior a 1633, pues se tiene constancia de que en dicho año el prior ruseño, el licenciado Alonso Palomino, decide dirigirse al vicario eclesiástico de Baeza, manifestándole el estado ruinoso en que se encontraba la ermita de Santiago y una imagen de San Blas que en ella recibía culto. La capilla se restauró y se encargó una nueva talla con el óbolo generoso del vecindario.

Faltaba la autorización eclesiástica para el recibimiento con la solemnidad que el momento y la situación requerían. El vicario baezano, el licenciado Francisco Dávila, accede a lo solicitado y aquellos primeros de febrero de 1633 se convierten en todo un referente histórico que ha perdurado desde entonces: la entrega del estandarte, la Salve a la Candelaria y su hoguera, la celebración de la Eucaristía, la procesión, el reparto de las típicas rosquillas, la quema masiva de pólvora en todas sus variedades, el volteo de campanas durante la procesión, la suelta de palomas como símbolo de alegría y paz, y la degustación, en los hogares ruseños, del típico cocido con «relleno de San Blas». Esta devoción ruseña al obispo y mártir de Sebaste está tan entroncada en el pueblo que todavía hay aborígenes que lo creen el patrón en detrimento de Santiago Apóstol.

La Fiesta de Mozos es la más singular de todas las tradiciones de Rus. Única en todo el territorio provincial e incluso nacional, pues el privilegio de una segunda procesión de Jesús Sacramentado, con el mismo esplendor y solemnidad que en el tradicional Corpus, y unas «máscaras» a finales de septiembre no son habituales en villas y ciudades.

El origen de esta peculiar efeméride «el tercer domingo de septiembre»se remonta al siglo XVII, entre 1678 y 1693.

En aquella época las comarcas de Baeza y Úbeda sufrieron grandes pestes y epidemias. La llamada «bubónica» (por un tumor que aparecía en los ganglios linfáticos de las axilas e ingles) fue la que más afectó a los muchachos ruseños de entonces, los llamados mozos. Veinticinco, según los estatutos de la Hermandad del Santísimo, fueron los afectados.

La población de entonces se vio seriamente diezmada (alrededor de un 10 por ciento) y cundió el miedo y el pánico. Ante esto, dice la tradición oral que los ruseños, que por su formación y filosofía eran profundamente religiosos, no tuvieron otra idea que implorar al Santísimo y sacarlo en procesión rogativa para que cesara aquella terrible epidemia mortífera.

Cuentan que desde aquel momento no se produjeron más contagios y que el milagro se había producido. Los mozos que se salvaron y el resto de la población decidieron conmemorar dicho acontecimiento disfrazándose para dar rienda suelta a su alegría.

Una especie de carnaval en pleno epílogo veraniego o prólogo otoñal y de aquí, junto con la procesión, su carácter extraordinario y atípico. Tres días de «máscaras» y de auténtica fiesta popular y en los que, de forma espontánea, los ruseños salen a la calle para expresar su ingenio, sus burlas o críticas con la sola intención de solazar a su espíritu y a su cuerpo.

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